Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo ¡Este sí que era un cambio radical! ¡Qué revoltijo de incongruencias extravagantes! ¡Qué conjunción fantástica de cosas opuestas a irreconciliables! ¡La sede de un milagro falso convertida en la de uno verdadero! ¡La cueva de un ermitaño medieval transformada en una oficina de teléfonos!
Cuando el telefonista se acercó a la luz reconocí que era Ulfius, uno de mis jóvenes empleados.
-¿Desde hace cuánto funciona aquí esta sucursal, Ulfius? -le pregunté.
-Sólo desde medianoche, gentil sir jefe, con permiso de vuestra merced. Vimos muchas luces en el valle y juzgamos que sería apropiado instalar una centralita, pues donde brillan tantas luces tiene que haber una ciudad de importancia.
-Así es. No se trata de una ciudad en el sentido habitual de la palabra, pero de todas maneras es un sitio de importancia. ¿Sabes dónde estás?
-En cuanto a eso, aún no he tenido tiempo para inquirir, pues tan pronto como se alejaron mis camaradas para continuar con sus trabajos, dejándome a mí encargado, me concedí un descanso que mucho necesitaba, y al despertarme proponíame hacer esa pregunta e informar a Camelot el nombre del sitio para que procediesen a su registro.
-Pues bien, estamos en el valle de la Santidad.