Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
Al amanecer del cuarto día, y cuando llevábamos una hora deambulando entre el frío mañanero, tomé una importante resolución: había que instruir al rey. Las cosas no podían seguir así; tenía que tomar cartas en el asunto y adiestrarlo deliberada y concienzudamente, o de lo contrario no podríamos arriesgarnos a entrar en ninguna morada. Hasta los gatos se darían cuenta de que no tenían ante sí a un campesino, sino a un impostor. Me detuve y dije:
