Un yanqui en la corte del rey Arturo

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30. La tragedia de la casa señorial

 

A medianoche todo había terminado y nos encontrábamos en presencia de cuatro cadáveres. Los cubrimos con los harapos que encontramos en la choza y, después de cerrar la puerta, nos alejamos de allí. La tumba de aquella gente sería su propia casa, ya que no podrían tener sepultura cristiana ni serían admitidos en un camposanto. Eran como perros, bestias salvajes, leprosos, y ninguna persona que valorase su esperanza en la vida eterna se arriesgaría a perderla mezclándose del modo que fuese con aquellos parias desgraciados y malditos.

Sólo habíamos dado unos pasos cuando escuché un rumor como de pisadas sobre la arena. Por poco se me sale el corazón. Nadie debía vernos salir de aquel sitio. Tiré de la túnica del rey y retrocedimos para ocultarnos detrás de una esquina de la choza.

-Estamos a salvo -dije-, pero nos hemos escapado por los pelos, por así decirlo. Si la noche estuviese más clara, sin duda nos habría visto, pues parecía estar muy cerca.

-Por fortuna, se trataba de un animal, y no de un hombre.

-Cierto. Pero sea un hombre o una bestia, lo más prudente es quedarnos aquí un minuto y dejar que pase y siga su camino.

-¡Escuchad! Ahora viene hacia aquí.


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