Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
A medianoche todo habÃa terminado y nos encontrábamos en presencia de cuatro cadáveres. Los cubrimos con los harapos que encontramos en la choza y, después de cerrar la puerta, nos alejamos de allÃ. La tumba de aquella gente serÃa su propia casa, ya que no podrÃan tener sepultura cristiana ni serÃan admitidos en un camposanto. Eran como perros, bestias salvajes, leprosos, y ninguna persona que valorase su esperanza en la vida eterna se arriesgarÃa a perderla mezclándose del modo que fuese con aquellos parias desgraciados y malditos.
Sólo habÃamos dado unos pasos cuando escuché un rumor como de pisadas sobre la arena. Por poco se me sale el corazón. Nadie debÃa vernos salir de aquel sitio. Tiré de la túnica del rey y retrocedimos para ocultarnos detrás de una esquina de la choza.
-Estamos a salvo -dije-, pero nos hemos escapado por los pelos, por asà decirlo. Si la noche estuviese más clara, sin duda nos habrÃa visto, pues parecÃa estar muy cerca.
-Por fortuna, se trataba de un animal, y no de un hombre.
-Cierto. Pero sea un hombre o una bestia, lo más prudente es quedarnos aquà un minuto y dejar que pase y siga su camino.
-¡Escuchad! Ahora viene hacia aquÃ.
