Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Nadie se acercó a donde ellos estaban, ni para abrir ni para cerrar. Era razonable suponer que los pestillos estaban bien trancados, de modo que sólo era necesario establecer una vigilancia para asegurarse de que ninguno huyera por más que lograse romper sus cadenas. No fue preciso apresar a nadie.
-A pesar de todo, se fugaron tres -dijo el rey-. Y haríais bien en proclamarlo y en poner a la justicia tras sus huellas, pues fueron ellos quienes asesinaron al barón y prendieron fuego a la mansión.
Me temía que iba a salir con algo por el estilo. En el primer momento la pareja demostró gran interés por las noticias e impaciencia por salir a propagarlas, pero luego una expresión diferente en sus rostros delató algún cambio, y comenzaron a hacer preguntas. Preferí contestarlas yo mismo, observando con sumo cuidado el efecto que producían. Pronto me di cabal cuenta de que el conocimiento de la fuga de los tres prisioneros, de alguna manera, había cambiado el ambiente, y que la impaciencia de nuestro anfitrión por salir a difundir la noticia era sólo una pretensión. El rey no percibió el cambio, de lo cual me alegré. Desvié la conversación hacia otros detalles de lo acontecido durante la noche y constaté que aquella gente sentía gran alivio.