Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Sir Dinadan, el humorista, fue el primero en abrir los ojos y en seguida despertó al resto con una broma de muy dudoso gusto. Ató unas jarras de metal a la cola de un perro, lo dejó en libertad y éste comenzó a recorrer velozmente el lugar en un frenesí de terror, mientras los otros perros lo seguían, ladrando, aullando, golpeando y derribando todo lo que se cruzaba en su camino, creando un enorme caos y un ensordecedor estrépito, a la vista de lo cual todos los presentes, hombres y mujeres, se echaron a reír alborozadamente, hasta que se les saltaron las lágrimas; algunos se caían de sus sillas y se revolcaban en el suelo en estado de éxtasis, como si fueran niños. Sir Dinadan estaba tan orgulloso de su proeza que no paraba de contar, una y otra vez, hasta el agotamiento, cómo se le había ocurrido la genial idea; y como sucede con los humoristas de su clase seguía celebrando su propia broma cuando todos los demás ya habían dejado de reír. Estaba tan entusiasmado que decidió pronunciar un discurso, obviamente un discurso histórico. Creo que nunca había escuchado en toda mi vida tal sarta de chistes viejos y manidos. Era peor que un bufón malo, peor que un payaso de circo. Qué triste era tener que estar allí sentado, mil trescientos años antes de mi nacimiento, escuchando los mismos chistes simplones, insulsos, acartonados, que ya me ponían enfermo cuando era un muchacho mil trescientos años después. A punto estuve de convencerme de que los denominados «chistes nuevos» no existen en realidad. Todos los presentes reían con esas antiguallas de chistes, pero de hecho ocurre siempre así, ya lo había notado siglos después. No obstante, el burlón, quiero decir Clarence, no se rió. No; solamente se burló; no había nada de lo que no se burlara. Dijo que la mayoría de los chistes de sir Dinadan apestaban y el resto estaba petrificado. Comenté que lo de «petrificado» me parecía perfecto, convencido como estaba de que la única manera apropiada de clasificar la edad imponente de algunos de esos chistes era por períodos geológicos. Pero una idea tan llamativa como aquella no encontró el menor eco en el joven; todavía no se había inventado la geología. Sin embargo, tomé nota del comentario y me propuse preparar a la comunidad para que lo entendiese si salía adelante en mi determinación. No hay razón para deshacerse de un buen hallazgo simplemente porque el mercado todavía no esté preparado.


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