Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
¿Dormir? Imposible. Ya había resultado imposible de por sí en aquella ruidosa covacha que hacía de cárcel y con aquella sarnosa caterva de pícaros borrachos, pendencieros y bulliciosos. Pero lo que verdaderamente hacía que la posibilidad de dormir resultase impensable era la impaciencia que me consumía por salir de aquel lugar y averiguar las proporciones de lo que había ocurrido en las barracas de los esclavos a consecuencia de mi imperdonable equivocación.
La noche fue larga, pero finalmente llegó la mañana. Ofrecí al tribunal una explicación franca y completa. Dije que era un esclavo, propiedad del gran conde Grip, que había llegado poco después del atardecer a la Posada del Tabardo, al otro lado del río, y se había visto obligado a pernoctar allí al encontrarse enfermo de muerte con una extraña y repentina afección. Me habían dado la orden de atravesar la ciudad a toda prisa para traer al mejor médico. Yo ponía en ello el mayor empeño y naturalmente corría con todas mis fuerzas; la noche era oscura; había tropezado con el vulgar individuo allí presente, quien me había asido del cuello y había comenzado a zarandearme, a pesar de que yo le había revelado la misión que me ocupaba y le había suplicado que en consideración al peligro mortal en que se encontraba mi amo el gran conde...
