Un yanqui en la corte del rey Arturo

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37. Un terrible aprieto

 

¿Dormir? Imposible. Ya había resultado imposible de por sí en aquella ruidosa covacha que hacía de cárcel y con aquella sarnosa caterva de pícaros borrachos, pendencieros y bulliciosos. Pero lo que verdaderamente hacía que la posibilidad de dormir resultase impensable era la impaciencia que me consumía por salir de aquel lugar y averiguar las proporciones de lo que había ocurrido en las barracas de los esclavos a consecuencia de mi imperdonable equivocación.

La noche fue larga, pero finalmente llegó la mañana. Ofrecí al tribunal una explicación franca y completa. Dije que era un esclavo, propiedad del gran conde Grip, que había llegado poco después del atardecer a la Posada del Tabardo, al otro lado del río, y se había visto obligado a pernoctar allí al encontrarse enfermo de muerte con una extraña y repentina afección. Me habían dado la orden de atravesar la ciudad a toda prisa para traer al mejor médico. Yo ponía en ello el mayor empeño y naturalmente corría con todas mis fuerzas; la noche era oscura; había tropezado con el vulgar individuo allí presente, quien me había asido del cuello y había comenzado a zarandearme, a pesar de que yo le había revelado la misión que me ocupaba y le había suplicado que en consideración al peligro mortal en que se encontraba mi amo el gran conde...


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