Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Pero en este mundo tan pronto como descartamos una preocupación comenzamos a preocuparnos por alguna otra cosa. Me dio por pensar que había cometido un craso error: había enviado al chico para alarmar a sus mayores con una amenaza, pretendiendo que podía inventarme una catástrofe a mi antojo, pero, claro, las personas que están siempre dispuestas y ansiosas de aceptar los milagros son precisamente aquellas que se muestran más impacientes por ver cómo los realizas, ¿y si me pidiesen una demostración? ¿Y si me exigiesen que anunciara cuál sería mi catástrofe? Sí, había cometido un craso error, debía haber inventado mi catástrofe de antemano. «¿Qué debo hacer? ¿Qué podría decir para ganar un poco de tiempo?» De nuevo me encontraba en un lío, en el más enredado de los líos... «i Oigo pasos! ¡Ya vienen! ¡Si sólo tuviera un instante para pensar! ¡Diantre, ya lo tengo! Estoy salvado.»

Veréis, se trataba del eclipse. Me vino a la memoria, en el momento crítico, que Colón, Cortés, o alguno de los conquistadores se había valido de un eclipse para salir de algún apuro en que se encontraba con los salvajes, y vi ahí mi oportunidad. Y ni siquiera sería un plagio, porque yo lo haría casi mil años antes que esa gente.

Clarence regresó, cabizbajo, afligido, y me dijo:


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