Un yanqui en la corte del rey Arturo

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41. El entredicho

 

S in embargo, mi atención se vio repentinamente desviada de esos asuntos; nuestra pequeña empeoraba de nuevo; estaba tan grave que no podíamos apartarnos de su lado. No consentíamos que nadie nos ayudase en esta tarea, así que ambos permanecimos vigilantes día tras día. ¡Qué corazón tan bondadoso tenía Sandy y qué sencilla y buena era! Era una esposa y madre intachable y, sin embargo, no me había casado con ella por ninguna razón en particular; sólo había seguido la costumbre caballeresca, según la cual me pertenecía hasta que algún caballero me venciese en el campo de batalla. Sandy había rastreado toda Inglaterra en mi busca y, tras dar conmigo al filo de la horca en las afueras de Londres, retomó inmediatamente su antigua posición a mi vera de la forma más plácida y como si estuviese en todo su derecho. Provengo de Nueva Inglaterra y es mi opinión que esta clase de relación acabaría por comprometerla tarde o temprano. Ella no entendía el porqué, pero yo di el tema por concluido y celebramos nuestra boda.



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