Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo ¡Pero qué burro había sido! Hacia finales de aquella semana empecé a comprender cuál era la triste y desalentadora realidad: las masas del país habían lanzado sus gorras al viento y vitoreado la república el primer día, ¡y ahí se había terminado todo! Entonces la Iglesia, los nobles y las familias más prósperas habían fruncido el ceño majestuoso, desaprobadoramente, ¡dejándolos convertidos en ovejas! Desde ese momento las ovejas habían comenzado a volver al redil, es decir, a los campamentos, para ofrecer sus despreciables vidas y su valiosa lana en favor de la «justa causa». ¡Atiza! Si hasta los mismos hombres que hacía poco eran esclavos apoyaban la «justa causa», y la glorificaban, rezaban por ella, y por ella chorreaban babas sentimentales, lo mismo que la gente común. ¡Imaginaos qué porquería humana! ¡Imaginaos qué insensatez! Ahora se escuchaba por todas partes «Muerte a la república», y ni una sola voz disidente. Inglaterra entera marchaba contra nosotros. Verdaderamente, no me lo hubiera imaginado nunca.