Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo A esto siguió uno de los cuartos de hora más aburridos que haya soportado nunca. Esperamos en una silenciosa soledad, aislados por nuestros círculos de alambre y por la densa cortina de humo que se levantaba en la distancia. No podíamos ver nada por encima de la barrera de humo, ni tampoco a través de ella. Pero, finalmente, comenzó a disiparse, perezosamente, y después de otro cuarto de hora el horizonte apareció despejado y pudimos satisfacer nuestra curiosidad. ¡Ni una criatura viviente a la vista! Entonces nos dimos cuenta de que nuestras defensas se habían visto reforzadas: la dinamita había abierto a nuestro alrededor una zanja de más de treinta metros de ancho, formando a ambos lados de la misma un terraplén de unos ocho metros. En lo que se refiere a pérdidas humanas, era algo abismal. Imposible de calcular las víctimas. Desde luego, no pudimos contar los muertos, ya que no podía hablarse de individuos, sino de una homogénea masa protoplasmática, con aleaciones de hierro y de botones.