Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -El rey, con su silencio, admite que se atiene a las condiciones -dije. Luego levanté las manos, las mantuve un momento así y añadí con la más lúgubre solemnidad-: ¡Que el encantamiento se disuelva y desaparezca sin hacer daño!
Por un momento no ocurrió nada en aquella oscuridad y aquel silencio de cementerio. Pero cuando una franja plateada de sol se abrió paso un instante después, la muchedumbre se desahogó con un grito poderoso y descendió como un torrente para sofocarme con sus bendiciones y agradecimientos. Y podéis estar seguros de que Clarence no fue el último en llegar.