Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Dado que yo era ahora la segunda personalidad del reino en lo que se refiere a la autoridad y el poder político, se me trataba con gran deferencia. Mis vestiduras eran de seda, terciopelo e hilo de oro y, por consiguiente, muy espectaculares y también muy incómodas. Me destinaron las habitaciones más lujosas del castillo, después de las del rey. Parecían resplandecer con los vivos colores de los tapices de seda, pero el suelo de piedra sólo tenía juncos por alfombra, y además juncos disparejos, pues no eran del mismo tipo. En cuanto a las comodidades propiamente dichas, no había ninguna. Quiero decir las pequeñas comodidades, porque son precisamente las pequeñas comodidades las que hacen la vida confortable. Las grandes sillas de roble adornadas con burdos relieves no estaban mal, pero eso era todo. No había jabón, ni cerillas, ni espejo (excepto uno metálico, más o menos igual de nítido que un cubo de agua). Y ni un solo grabado en la pared. A lo largo de los años me había ido acostumbrando a esas estampas y ahora me daba cuenta de que la pasión por el arte se había introducido insospechadamente en lo más íntimo de mi ser, y se había convertido en parte de mí mismo. Me sentía nostálgico al observar esta parvedad -orgullosa y ostentosa, pero sin alma- y recordar que en nuestra casa en East Hartford, una casa sin pretensiones, no podías entrar en ninguna habitación sin encontrar una estampa de alguna compañía de seguros o por lo menos una de esas láminas a tres colores con la inscripción «Dios bendiga esta casa» sobre cada puerta, y en el salón teníamos nueve estampas. Pero aquí, incluso en mi imponente cámara de Estado, no había nada parecido a una ilustración, exceptuando un objeto del tamaño de una colcha, que podía ser tejido o de punto (tenía varios remiendos), pero nada en él correspondía a los colores y las formas apropiadas. En cuanto a las proporciones, el mismo Rafael no hubiera podido hacer una chapucería semejante, a pesar de toda su práctica, en esas pesadillas que se han llamado las «célebres caricaturas de la corte de Hampton» ¡Menudo pájaro ese Rafael! Teníamos muchas estampas suyas: una era La pesca milagrosa, en la cual introducía un milagro de su propia cosecha: colocaba a tres hombres dentro de una barca tan pequeña que no hubiera podido entrar un perro sin hacerla zozobrar. Siempre admiré el arte de R.: resultaba tan fresco, tan poco convencional...