Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo En todo el castillo no había siquiera una campanilla o un tubo acústico. Yo tenía una gran cantidad de sirvientes, y aquellos que estaban de turno se paseaban por la antecámara, sin hacer nada especial, pero cuando necesitaba a alguno de ellos tenía que salir a buscarlo. No había gas, no había lámparas, y un plato de bronce medio lleno de mantequilla de internado, sobre la cual flotaba un trapo encendido, producía lo que ellos llamaban luz. Un buen número de estos objetos colgaban de las paredes y modificaban la oscuridad, la disminuían lo suficiente para que resultase lóbrega. Si salas de noche, tus sirvientes tenían que llevar antorchas. No había libros, bolígrafos, tinta o papel, y no había cristales en las aberturas que pasaban por ser ventanas. El cristal es algo insignificante, pero cuando se carece de él entonces se convierte en algo importante. Pero quizá lo peor de todo es que no había azúcar, café, té ni tabaco. Me di cuenta de que yo era otro Robinson Crusoe abandonado en una isla desierta, donde en lugar de una sociedad existían unos animales más o menos domesticados, y comprendí que si quería llevar una vida soportable debía proceder de la misma manera que él: inventar, ingeniármelas, crear, reorganizar las cosas, poner a funcionar brazos y cerebros y asegurarme de mantenerlos ocupados. Bueno, tenía experiencia en ese sentido.