Un yanqui en la corte del rey Arturo

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9. El torneo

 

Nada más fácil ni más rápidamente factible que el inventario de los objetos en poder de estos náufragos del aire, arrojados a una costa aparentemente deshabitada.

En Camelot celebraban constantemente grandiosos torneos que consistían en una especie de corridas de toros, pero con seres humanos, que resultaban muy animados, pintorescos y ridículos, y también agotadores para un hombre de mente práctica. Pese a ello, yo asistía casi siempre, y lo hacía por dos razones: un hombre, si aspira a gozar del aprecio de sus amigos y de la comunidad, no debe mantenerse al margen de las actividades predilectas de su gente, y menos aún en el caso de un hombre de Estado. En segundo lugar, como estadista y como hombre de negocios, quería estudiar los torneos y ver si podía incorporar algunas mejoras. Lo cual me recuerda, por cierto, que el primer acto oficial de mi administración, y justamente el primer día en ejercicio, fue la creación de una oficina de patentes, pues sabía muy bien que un país sin una oficina de patentes y carente de leyes apropiadas en este sentido resulta igual que un cangrejo, que sólo puede moverse hacia los lados o hacia atrás.


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