Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
Nada más fácil ni más rápidamente factible que el inventario de los objetos en poder de estos náufragos del aire, arrojados a una costa aparentemente deshabitada.
En Camelot celebraban constantemente grandiosos torneos que consistÃan en una especie de corridas de toros, pero con seres humanos, que resultaban muy animados, pintorescos y ridÃculos, y también agotadores para un hombre de mente práctica. Pese a ello, yo asistÃa casi siempre, y lo hacÃa por dos razones: un hombre, si aspira a gozar del aprecio de sus amigos y de la comunidad, no debe mantenerse al margen de las actividades predilectas de su gente, y menos aún en el caso de un hombre de Estado. En segundo lugar, como estadista y como hombre de negocios, querÃa estudiar los torneos y ver si podÃa incorporar algunas mejoras. Lo cual me recuerda, por cierto, que el primer acto oficial de mi administración, y justamente el primer dÃa en ejercicio, fue la creación de una oficina de patentes, pues sabÃa muy bien que un paÃs sin una oficina de patentes y carente de leyes apropiadas en este sentido resulta igual que un cangrejo, que sólo puede moverse hacia los lados o hacia atrás.
