Abel Sánchez
Abel Sánchez Y volvió al Casino. Era inútil resistirlo. Cada dÃa se inventaba a sà mismo un pretexto para ir allá. Y el molino de la peña seguÃa moliendo.
Allà estaba Federico Cuadrado, implacable, que en cuanto oÃa que uno elogiaba a otro preguntaba: «¿Contra quién va ese elogio?».
—Porque a mà —decÃa con su vocecita frÃa y cortante— no me la dan con queso; cuando se elogia mucho a uno, se tiene presente a otro al que se trata de rebajar con ese elogio, a un rival del elogiado. Eso cuando no se le elogia con mala intención, por ensañarse en él… Nadie elogia con buena intención.
—Hombre —le replicaba León Gómez, que se gozaba en dar cuerda al cÃnico Cuadrado—, ahà tienes a don Leovigildo, al cual nadie le ha oÃdo todavÃa hablar mal de otro…
—Bueno —intercalaba un diputado provincial—, es que don Leovigildo es un polÃtico y los polÃticos deben estar a bien con todo el mundo. ¿Qué dices, Federico?
