Abel Sánchez
Abel Sánchez —SÃ, porque no sólo vive miserable y vergonzosamente, del sable, sino que vive odiando a su hermano.
—¿Y si le hubiese matado?
—Entonces se le habrÃa curado el odio, y hoy, arrepentido de su crimen, querrÃa su memoria. La acción libra del mal sentimiento, y es el mal sentimiento el que envenena el alma. Creémelo, JoaquÃn, que lo sé muy bien.
Miróle JoaquÃn a la mirada fijamente y le espetó un:
—¿Y tú?
—¿Yo? No quieras saber, hijo mÃo, lo que no te importa. Bástete saber que todo mi cinismo es defensivo. Yo no soy hijo del que todos vosotros tenéis por mi padre; yo soy hijo adulterino y a nadie odio en este mundo más que a mi propio padre, al natural, que ha sido el verdugo del otro, del que por vileza y cobardÃa me dio su nombre, este indecente nombre que llevo.
—Pero padre no es el que engendra; es el que crÃa…
—Es que ése, el que creéis que me ha criado, no me ha criado, sino que me destetó con el veneno del odio que guarda al otro, al que me hizo y le obligó a casarse con mi madre.