Abel Sánchez
Abel Sánchez —¿Qué tal te pareció mi prima? —le preguntaba JoaquÃn a Abel al dÃa siguiente de habérsela presentado y propuesto a ella, a Helena, lo del retrato, que acogió alborozada de satisfacción.
—Hombre, ¿quieres la verdad?
—La verdad siempre, Abel; si nos dijéramos siempre la verdad, toda la verdad, esto serÃa el paraÃso.
—SÃ, y si se la dijera cada cual a sà mismo…
—¡Bueno, pues la verdad!
—La verdad es que tu prima y futura novia, acaso esposa, Helena, me parece una pava real… es decir, un pavo real hembra… Ya me entiendes…
—SÃ, te entiendo.
—Como no sé expresarme bien más que con el pincel…
—Y vas a pintar la pava real, o el pavo real hembra, haciendo la rueda acaso, con su cola llena de ojos, su cabecita…
—¡Para modelo, excelente! ¡Excelente, chico! ¡Qué ojos! ¡Qué boca! Esa boca carnosa y a la vez fruncida…, esos ojos que no miran… ¡Qué cuello! ¡Y sobre todo qué color de tez! Si no te incomodas…
—¿Incomodarme yo?
—Te diré que tiene un color como de india brava, o mejor, de fiera indómita. Hay algo, en el mejor sentido, de pantera en ella. Y todo ello frÃamente.
—¡Y tan frÃamente!
