Abel Sánchez
Abel Sánchez Pocos dÃas después AbelÃn y Joaquina estaban en relaciones de noviazgo. Y en su Confesión, dedicada a su hija, escribÃa algo después JoaquÃn:
«No es posible, hija mÃa, que te explique cómo llevé a Abel, tu marido de hoy, a que te solicitase por novia pidiéndote relaciones. Tuve que darle a entender que tú estabas enamorada de él o que por lo menos te gustarÃa que de ti se enamorase sin descubrir lo más mÃnimo de aquella nuestra conversación a solas, luego que tu madre me hizo saber cómo querÃas entrar por mi causa en un convento. VeÃa en ello mi salvación. Sólo uniendo tu suerte a la suerte del hijo único de quien me ha envenenado la fuente de la vida, sólo mezclando asà nuestras sangres esperaba poder salvarme.
»Pensaba que acaso un dÃa tus hijos, mis nietos, los hijos de su hijo, sus nietos, al heredar nuestras sangres, se encontraran con la guerra dentro, con el odio en sà mismos. Pero ¿no es acaso el odio a sà mismo, a la propia sangre, el único remedio contra el odio a los demás? La Escritura dice que en el seno de Rebeca se peleaban ya Esaú y Jacob. ¡Quién sabe si un dÃa no concebirás tú dos mellizos, el uno con mi sangre y el otro con la suya, y se pelearán y se odiarán ya desde tu seno y antes de salir al aire y a la conciencia! Porque ésta es la tragedia humana, y todo hombre es, como Job, hijo de contradicción.
