Abel Sánchez
Abel Sánchez —Pero dime —le decÃa un dÃa JoaquÃn a su yerno—, ¿cómo no se le ocurrió a tu padre nunca inclinarte a la pintura?
—No me ha gustado nunca.
—No importa; parecÃa lo natural que él quisiera iniciarte en su arte…
—Pues no, sino que antes más bien le molestaba que yo me interesase en él. Jamás me animó a que cuando niño hiciera lo que es natural en niños, figuras y dibujos.
—Es raro…, es raro… —murmuraba JoaquÃn—. Pero… Abel sentÃa desasosiego al ver la expresión del rostro de su suegro, el lÃvido fulgor de sus ojos. SentÃase que algo le escarabajeaba dentro, algo doloroso y que deseaba echar fuera; algún veneno, sin duda. Siguióse a esas últimas palabras un silencio cargado de acre amargura. Y lo rompió JoaquÃn diciendo:
—No me explico que no quisiese dedicarte a pintor…
—No, no querÃa que fuese lo que él…
Siguió otro silencio, que volvió a romper, como con pesar, JoaquÃn, exclamando como quien se decide a una confesión:
—¡Pues sÃ, lo comprendo!
Abel tembló, sin saber a punto cierto por qué, al oÃr el tono y timbre con que su suegro pronunció esas palabras.
