Abel Sánchez
Abel Sánchez Tomaba al niño su abuela Antonia, que era quien le cuidaba, y apechugándolo como para ampararlo y cual si presintiese alguna desgracia, le decÃa: «Duerme, hijo mÃo, duerme, que cuanto más duermas mejor. Asà crecerás sano y fuerte. Y luego también, mejor dormido que despierto, sobre todo en esta casa. ¿Qué va a ser de ti? ¡Dios quiera que no riñan en ti dos sangres!». Y dormido el niño, ella, teniéndole en brazos, rezaba y rezaba.
Y el niño crecÃa a la par que la Confesión y las Memorias de su abuelo de madre y que la fama de pintor de su abuelo de padre. Pues nunca fue más grande la reputación de Abel que en este tiempo. El cual, por su parte, parecÃa preocuparse muy poco de toda otra cosa que no fuese su reputación.
Una vez se fijó más intensamente en el nietecillo, y fue al verle una mañana dormido, exclamó: «¡Qué precioso apunte!». Y tomando un álbum se puso a hacer un bosquejo a lápiz del niño dormido.
—¡Qué lástima —exclamó— no tener aquà mi paleta y mis colores! Ese juego de la luz en la mejilla, que parece como de melocotón, es encantador. ¡Y el color del pelo! ¡Si parecen rayos de sol los rizos!
—Y luego —le dijo JoaquÃn—, ¿cómo llamarÃas al cuadro? ¿Inocencia?
