Abel Sánchez
Abel Sánchez JoaquÃn seguÃa con su enfermiza ansiedad el crecimiento en cuerpo y en espÃritu de su nieto Joaquinito. ¿A quién salÃa? ¿A quién se parecÃa? ¿De qué sangre era? Sobre todo cuando empezó a balbucir.
Desasosegábale al abuelo que el otro abuelo, Abel, desde que tuvo el nieto, frecuentaba la casa de su hijo y hacÃa que le llevasen a la suya el pequeñuelo. Aquel grandÃsimo egoÃsta —por tal le tenÃan su hijo y su consuegro— parecÃa ablandarse de corazón y aun aniñarse ante el niño. SolÃa ir a hacerle dibujos, lo que encantaba a la criatura. «¡Abelito, santos!», le pedÃa. Y Abel no se cansaba de dibujarle perros, gatos, caballos, toros, figuras humanas. Ya le pedÃa un jinete, ya dos chicos haciendo cachetina, ya un niño corriendo de un perro que le sigue, y que las escenas se repitiesen.
—En mi vida he trabajado con más gusto —decÃa Abel—; ¡esto, esto es arte puro y lo demás… chanfaina!
—Puedes hacer un álbum de dibujos para los niños —le dijo JoaquÃn.
—¡No, asà no tiene gracia; para los niños… no! Eso no serÃa arte, sino…
—PedagogÃa —dijo JoaquÃn.
