Abel Sánchez
Abel Sánchez El éxito del retrato de Helena por Abel fue clamoroso. Siempre habÃa alguien contemplándolo frente al escaparate en que fue expuesto. «Ya tenemos un gran pintor más», decÃan. Y ella, Helena, procuraba pasar junto al lugar en que su retrato se exponÃa para oÃr los comentarios y paseábase por las calles de la ciudad como un inmortal retrato viviente, como una obra de arte haciendo la rueda. ¿No habÃa acaso nacido para eso?
JoaquÃn apenas dormÃa.
—Está peor que nunca —le dijo a Abel—. Ahora es cuando juega conmigo. ¡Me va a matar!
—¡Naturalmente! Se siente ya belleza profesional…
—¡SÃ, la has inmortalizado! ¡Otra Joconda!
—Pero tú, como médico, puedes alargarle la vida…
—O acortársela.
—No te pongas asÃ, trágico.
—¿Y qué voy a hacer, Abel, qué voy a hacer…?
—Tener paciencia…
—Además, me ha dicho cosas de donde he sacado que le has contado lo de que la creo enamorada de otro…
—Fue por hacer tu causa…
—Por hacer mi causa… Abel, Abel, tú estás de acuerdo con ella…, vosotros me engañáis…
