Abel Sánchez
Abel Sánchez Leyó JoaquÃn el CaÃn de lord Byron. Y en su Confesión escribÃa más tarde:
«Fue terrible el efecto que la lectura de aquel libro me hizo. Sentà la necesidad de desahogarme y tomé unas notas que aún conservo y las tengo ahora aquÃ, presentes. Pero ¿fue sólo por desahogarme? No; fue con el propósito de aprovecharlas algún dÃa pensando que podrÃan servirme de materiales para una obra genial. La vanidad nos consume. Hacemos espectáculo de nuestras más Ãntimas y asquerosas dolencias. Me figuro que habrá quien desee tener un tumor pestÃfero como no le ha tenido antes ninguno para hombrearse con él. ¿Esta misma Confesión no es algo más que un desahogo?
»He pensado alguna vez romperla para librarme de ella. Pero ¿me librarÃa? ¡No! Vale más darse un espectáculo que consumirse. Y al fin y al cabo no es más que espectáculo la vida.
»La lectura del CaÃn de lord Byron me entró hasta lo más Ãntimo. ¡Con qué razón culpaba CaÃn a sus padres de que hubieran cogido de los frutos del árbol de la ciencia en vez de coger de los del árbol de la vida! A mÃ, por lo menos, la ciencia no ha hecho más que exacerbarme la herida.
