Abel Sánchez
Abel Sánchez Le dio Antonia a JoaquÃn una hija. «Una hija —se dijo— ¡y él un hijo!». Mas pronto se repuso de esta nueva treta de su demonio. Y empezó a querer a su hija con toda la fuerza de su pasión y por ella a la madre. «Será mi vengadora», se dijo primero, sin saber de qué habrÃa de vengarle, y luego: «Será mi purificadora».
«Empecé a escribir esto —dejó escrito en su Confesión— más tarde para mi hija, para que ella, después de yo muerto, pudiese conocer a su pobre padre y compadecerle y quererle. Mirándola dormir en la cuna, soñando su inocencia, pensaba que para criarla y educarla pura tenÃa yo que purificarme de mi pasión, limpiarme de la lepra de mi alma. Y decidà hacerle que amase a todos y sobre todo a ellos. Y allÃ, sobre la inocencia de su sueño, juré libertarme de mi infernal cadena. TenÃa que ser yo el mayor heraldo de la gloria de Abel».
Y sucedió que habiendo Abel Sánchez acabado su cuadro, lo llevó a una Exposición, donde obtuvo un aplauso general y fue admirado como estupenda obra maestra, y se le dio la medalla de honor.
JoaquÃn iba a la sala de la Exposición a contemplar el cuadro y a mirar en él, como si mirase en un espejo, al CaÃn de la pintura y a espiar en los ojos de las gentes si le miraban a él después de haber mirado al otro.
