Abel Sánchez
Abel Sánchez Concentró entonces todo su ahÃnco en su hija, en criarla y educarla, en mantenerla libre de las inmundicias morales del mundo.
—Mira —solÃa decirle a su mujer—, es una suerte que sea sola, que no hayamos tenido más.
—¿No te habrÃa gustado un hijo?
—No, no, es mejor hija, es más fácil aislarla del mundo indecente. Además, si hubiésemos tenido dos, habrÃan nacido envidias entre ellos…
—¡Oh, no!
—¡Oh, sÃ! No se puede repartir el cariño igualmente entre varios: lo que se le da al uno se le quita al otro. Cada uno pide todo para él y sólo para él. No, no, no quisiera verme en el caso de Dios…
—¿Y cuál es ese caso?
—El de tener tantos hijos. ¿No dicen que somos todos hijos de Dios?
—No digas esas cosas, JoaquÃn…
—Unos están sanos para que otros estén enfermos… Hay que ver el reparto de las enfermedades…
No querÃa que su hija tratase con nadie. La llevó una maestra particular a casa, y él mismo, en ratos de ocio, le enseñaba algo.
La pobre Joaquina adivinó en su padre a un paciente mientras recibÃa de él una concepción tétrica del mundo y de la vida.
