La TÃa Tula
La TÃa Tula Apenas, fuera de la soberana, hubo abatimiento en aquel hogar, pues los niños eran incapaces de darse cuenta de lo que habÃa pasado, y Manuela, la viuda casi sin saberlo, concentraba su vida y su ánimo todos en luchar, al modo de una planta, por la otra vida que llevaba en su seno y aun repitiendo, como un gemido de res herida, que se querÃa morir. Gertrudis proveÃa a todo.
Cerró los ojos al muerto, no sin decirse: «¿Me estará mirando todavÃa…?». Le amortajó como lo habÃa hecho con su tÃo, cubriéndole con un hábito sobre la ropa con que murió, y sin quitarle esta, y luego, quebrantada pór un largo cansancio, por fatiga de años, juntó un momento su boca a la boca frÃa de Ramiro, y repasó sus vidas, que era su vida. Cuando el llanto de uno de los niños, del pequeñito, del hijo de la hospiciana, le hizo desprenderse del muerto a ir a coger y acallar y mimar al que vivÃa.
Manuela iba hundiéndose.
—Yo, señora, me muero; no voy a poder resistir esta vez; este parto me cuesta la vida.
