La TÃa Tula
La TÃa Tula Corrieron unos años apacibles y serenos. La orfandad daba a aquel hogar, en el que de nada de bienestar se carecÃa, una Ãntima luz espiritual de serena calma. Apenas si habÃa que pensar en el dÃa de mañana. Y seguÃan en él viviendo, con más dulce imperio que cuando respirando llenaban con sus cuerpos sus sitios, los tres que le dieron a Gertrudis masa con qué fraguarlo, Ramiro y sus dos mujeres de carne y hueso. De continuo hablaba Gertrudis de ellos a sus hijos. «¡Mira que te está mirando tu madre!» o «¡Mira que te ve tu padre!». Eran sus dos más frecuentes amonestaciones. Y los retratos de los que se fuéron presidÃan el hogar de los tres.
Los niños, sin embargo, Ãbanlos olvidando. Para ellos no existÃan sino en las palabras de mamá Tula, que asà la llamaban todos. Los recuerdos directos del mayorcito, de RamirÃn, se iban perdiendo y fundiendo en los recuerdos de lo que de ellos oÃa contar a su tÃa. Sus padres eran ya para él una creación de esta.
