La TÃa Tula
La TÃa Tula Logró sacar a su sobrino de aquellas veleidades ascéticás y se puso a vigilarle, a espiar la aparición del primer amor. «FÃjate bien, hijo —le decÃa—, y no te precipites, que una vez que hayas comprometido a una no debes dejarla…».
—Pero, mamá, si no se trata de compromisos… Primero hay que probar…
—No, nada de pruebas; nada de esos noviazgos; nada de eso de «hablo con Fulana». Todo seriamente…
En rigor la tÃa Tula habÃa ya hecho, por su parte, su elección y se proponÃa ir llevando dulcemente a su RamirÃn a aquella que le habÃa escogido, a Caridad.
—Parece que te fijas en Carita —le dijo un dÃa.
—¡Pse!
—Y ella en ti, si no me equivoco.
—Y tú en los dos, a lo que parece…
—¿Yo? Eso es cosa vuestra, hijo mÃo, cosa vuestra…
Pero les fue llevando el uno al otro, y consiguió su propósito. Y luego se propuso casarlos cuanto antes. «Y que venga acá —decÃa— y viviremos todos juntos, que hay sitio para todos… ¡Una hija más!».
Y cuando hubo llevado a Carita a su casa, como mujer de su sobrino, era con esta con la que tenÃa sus confidencias. Y era de quien trataba de sonsacar lo Ãntimo de su sobrino.
