La TÃa Tula
La TÃa Tula La tÃa Tula no podÃa ya más con su cuerpo. El alma le revoloteaba dentro de él, como un pájaro en una jaula que se desvencija, a la que deja con el dolor de quien le desollaran, pero ansiando volar por encima de las nubes. No llegarÃa a ver al nieto. ¿Lo sentÃa? «Allá arriba, estando con ellos —soñaba—, sabré cómo es, y si es niño o niña… o los dos… y lo sabré mejor que aquÃ, pues desde allà arriba se ve mejor y más limpio lo de aquà abajo».
La última fiebre tenÃala postrada en cama. Apenas si distinguÃa a sus sobrinos más que por el paso, sobre todo a Caridad y a Manolita. El paso de aquella, de Caridad, llegábale como el de una criatura cargada de fruto y hasta le parecÃa oler a sazón de madurez. Y el de Manolita era tan leve como el de un pajarito que no se sabe si corre o vuela a ras de tierra. «Cuando ella entra —se decÃa la tÃa—, siento rumor de alas caÃdas y quietas».
Quiso despedirse primero de esta, a solas, y aprovechó un momento en que vino a traerle la medicina. Sacó el brazo de la cama, lo alargó como para bendecirla, y poniéndole la mano sobre la cabeza, que ella inclinó con los claros ojos empañados, le dijo:
—¿Qué, palomita sin hiel, quieres todavÃa morirte…? ¡La verdad!
—Si con ello consiguiera…
