La TÃa Tula
La TÃa Tula Pero ¿qué le pasaba a Ramiro, en relaciones ya, y en relaciones formales, con Rosa, y poco menos que entrando en la casa? ¿Qué dilaciones y qué frialdades eran aquéllas?
—Mira, Tula, yo no le entiendo; cada vez le entiendo menos. Parece que está siempre distraÃdo y como si estuviese pensando en otra cosa —o en otra persona, ¡quién sabe!— o temiendo que alguien nos vaya a sorprender de pronto. Y cuando le tiro algún avance y le hablo, asà como quien no quiere la cosa, del fin que deben tener nuestras relaciones, hace como que no oye y como si estuviera atendiendo a otra…
—Es porque le hablas como quien no quiere la cosa. Háblale como quien la quiere…
—¡Eso es, y que piense que tengo prisa por casarme!
—¡Pues que lo piense! ¿No es acaso as�
—Pero ¿crees tú, Tula, que yo estoy rabiando por casarme?
—¿Le quieres?
—Eso nada tiene que ver…
—¿Le quieres, di?
—Pues mira…
—¡Pues mira, no! ¿Le quieres? ¡Sà o no!
Rosa bajó la frente con los ojos, arrebolóse toda y llorándole la voz tartamudeó:
—Tienes unas cosas, Tula; ¡pareces un confesor!
