La TÃa Tula
La TÃa Tula El otro grupo lo formaban en la familia, no Rosita y Ramiro, sino la mujer de este, Caridad, y aquella su cuñada. Aunque en rigor era Rosita la que buscaba a Caridad y le llevaba sus quejas, sus aprensiones, sus suspicacias. Porque iba, por lo común, a quejarse. CreÃase, o al menos aparentaba creer, que era la desdeñada y la no comprendida. PonÃase triste y como preocupada en espera de que le preguntasen qué era lo que tenÃa, y como nadie se lo preguntaba sufrÃa con ello. Y menos que los otros hermanos se lo preguntaba Manolita, que se decÃa: «¡Si tiene algo de verdad y más que gana de mimo y de que nos ocupemos especialmente en ella, ya reventará!». Y la preocupada sufrÃa con ello.
A su cuñada, a Caridad, le iba sobre todo con quejas de su marido; complacÃase en acusar a este, a Ramiro, de egoÃsta. Y la mujer le oÃa pacientemente y sin saber qué decirle.
—Yo no sé, Manuela —le decÃa a esta Caridad, su cuñada—, qué hacer con Rosa… Siempre me está viniendo con quejas de Ramiro; que si es un orgulloso, que si un egoÃsta, que si un distraÃdo…
—¡Llévale la hebra y dile que sÃ!
—Pero ¿cómo? ¿Voy a darle alas?
—No, sino a cortárselas.
—Pues no lo entiendo. Y además, eso no es verdad; ¡Ramiro no es asÃ!…
