La TÃa Tula
La TÃa Tula En el parto de Rosa, que fue durÃsimo, nadie estuvo más serena y valerosa que Gertrudis. CreerÃase que era una veterana en asistir a trances tales. Llegó a haber peligro de muerte para la madre o la crÃa que hubiera de salir, y el médico llegó a hablar de sacársela viva o muerta.
—¿Muerta? —exclamó Gertrudis—; ¡eso sà que no!
—¿Pero no ve usted —exclamó el médico— que aunque se muera el crÃo queda la madre para hacer otros, mientras que si se muere ella no es lo mismo?
Pasó rápidamente por el magÃn de Gertrudis replicarle que quedaban otras madres, pero se contuvo e insistió:
—Muerta, ¡no!, ¡nunca! Y hay, además, que salvar un alma.
La pobre parturienta ni se enteraba de cosa alguna. Hasta que, rendida al combate, dio a luz un niño.
Recogiólo Gertrudis con avidez, y como si nunca hubiera hecho otra cosa, lo lavó y envolvió en sus pañales.
—Es usted comadrona de nacimiento —le dijo el médico.
Tomó la criaturita y se la llevó a su padre, que en un rincón, aterrado y como contrito de una falta, aguardaba la noticia de la muerte de su mujer.
