La TÃa Tula
La TÃa Tula A poco de nacer la niña encontraron un dÃa muerto al bueno de don Primitivo. Gertrudis le amortajó después de haberle lavado —querÃa que fuese limpio a la tumba— con el mismo esmero con que habÃa envuelto en pañales a sus sobrinos recién nacidos. Y a solas en el cuarto con el cuerpo del buen anciano, le lloró como no se creyera capaz de hacerlo. «Nunca habrÃa creÃdo que le quisiese tanto —se dijo—; era un bendito; de poco llega a hacerme creer que soy un pozo de prudencia; ¡era sencillo!».
—Fue nuestro padre —le dijo a su hermana— y jamás le oÃmos una palabra más alta que otra.
—¡Claro! —exclamó Rosa—; como que siempre nos dejó hacer nuestra santÃsima voluntad.
—Porque sabÃa, Rosa, que su sola presencia santificaba nuestra voluntad. Fue nuestro padre; él nos educó. Y para educarnos le bastó la transparencia de su vida, tan sencilla, tan clara…
—Es verdad, sà —dijo Rosa con los ojos henchidos de lágrimas—; como sencillo no he conocido otro.
—Nos habrÃa sido imposible, hermana, habernos criado en un hogar más limpio que este.
—¿Qué quieres decir con eso, Tula?
