La TĂa Tula
La TĂa Tula VenĂa ya el tercer hijo al matrimonio. Rosa empezaba a quejarse de su fecundidad. «Vamos a cargamos de hijos», decĂa. A lo que su hermana: «¿Pues para quĂ© os habĂ©is casado?».
El embarazo fue molestĂsimo para la madre y tenĂa que descuidar más que antes a sus otros hijos, que asĂ quedaban al cuidado de su tĂa, encantada de que se los dejasen. Y hasta consiguiĂł llevárselos más de un dĂa a su casa, a su solitario hogar de soltera, donde vivĂa con la vieja criada que fue de don Primitivo, y donde los retenĂa. Y los pequeñuelos se apegaban con ciego cariño a aquella mujer severa y grave.
Ramiro, malhumorado antes en los últimos meses de los embarazos de su mujer, malhumor que desasosegaba a Gertrudis, ahora lo estaba más.
—¡QuĂ© pesado y molesto es esto! —decĂa.
—¿Para ti? —le preguntaba su cuñada sin levantar los ojos del sobrino o sobrina que de seguro tenĂa en el regazo.
—Para mĂ, sĂ. Vivo en perpetuo sobresalto, temiĂ©ndolo todo.
—¡Bah! No será al fin nada. La Naturaleza es sabia.
—Pero tantas veces va el cántaro a la fuente…
—¡Ay, hijo, todo tiene sus riesgos y todo estado sus contrariedades!
