La TÃa Tula
La TÃa Tula Ahora, ahora que se habÃa quedado viudo, era cuando Ramiro sentÃa todo lo que sin él siquiera sospecharlo habÃa querido a Rosa, su mujer. Uno de sus consuelos, el mayor, era recogerse en aquella alcoba en que tanto habÃan vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.
Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento reposo, en que Rosa parecÃa como que le hurtaba el fondo del alma siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la conocerÃa hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma. Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de Gertrudis, la tÃa Tula de sus hijos, le contenÃa y desasosegaba, cómo ante ella no se atrevÃa a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus palabras.
