La TÃa Tula
La TÃa Tula Gertrudis, que se habÃa instalado en casa de su hermana desde que esta dio por última vez a luz y durante su enfermedad última, le dijo un dÃa a su cuñado:
—Mira, voy a levantar mi casa.
El corazón de Ramiro se puso al galope.
—Sà —añadió ella—, tengo que venir a vivir con vosotros y a cuidar de los chicos. No se le puede, además, dejar aquà sola a esa buena pécora del ama.
—Dios te lo pague, Tula.
—Nada de Tula, ya te lo tengo dicho; para ti soy Gertrudis.
—¿Y qué más da?
—Yo lo sé.
—Mira, Gertrudis…
—Bueno, voy a ver qué hace el ama.
A la cual vigilaba sin descanso. No le dejaba dar el pecho al pequeñito delante del padre de este, y le regañaba por el poco recato y mucha desenvoltura con que se desabrochaba el seno.
—Si no hace falta que enseñes eso asÃ; en el niño es en quien hay que ver si tienes o no leche abundante.
Ramiro sufrÃa y Gertrudis le sentÃa sufrir.
—¡Pobre Rosa! —decÃa de continuo.
—Ahora los pobres son los niños y es en ellos en quienes hay que pensar…
