La TÃa Tula
La TÃa Tula Y empezó una vida de triste desasosiego, de interna lucha en aquel hogar. Ella defendÃase con los niños, a los que siempre procuraba tener presentes, y le excitaba a él a que saliese a distraerse. Él, por su parte, extremaba sus caricias a los hijos y no hacÃa sino hablarles de su madre, de su pobre madre. CogÃa a la niña y allÃ, delante de la tÃa, se la devoraba a besos.
—No tanto, hombre, no tanto, que asà no haces sino molestar a la pobre criatura. Y eso, permÃteme que te lo diga, no es natural. Bien está que hagas que me llamen tÃa y no mamá, pero no tanto; repórtate.
—¿Es que yo no he de tener el consuelo de mis hijos?
—SÃ, hijo, sÃ; pero lo primero es educarlos bien.
—¿Y as�
—Hartándoles de besos y de golosinas se les hace débiles. Y mira que los niños adivinan…
—Y qué culpa tengo yo…
—¿Pero es que puede haber para unos niños, hombre de Dios, un hogar mejor que este? Tienen hogar, verdadero hogar, con padre y madre, y es un hogar limpio, castÃsimo, por todos cuyos rincones pueden andar a todas horas, un hogar donde nunca hay que cerrarles puerta alguna, un hogar sin misterios. ¿Quieres más?
