La TÃa Tula
La TÃa Tula Al fin Gertrudis no pudo con su soledad y decidió llevar su congoja al padre Alvarez, su confesor, pero no su director espiritual. Porque esta mujer habÃa rehuido siempre ser dirigida, y menos por un hombre. Sus normas de conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las habÃa formado ella con lo que oÃa a su alrededor y con lo que leÃa, pero las interpretaba a su modo. Su pobre tÃo, don Primitivo, el sacerdote ingenuo que las habÃa criado a las dos hermanas y les enseñó el catecismo de la doctrina cristiana explicado según el Mazo, sintió siempre un profundo respeto por la inteligencia de su sobrina Tula, a la que admiraba. «Si te hicieses monja —solÃa decirle— llegarÃas a ser otra santa Teresa… Qué cosas se te ocurren, hija …». Y otras veces: «Me parece que eso que dices, Tulilla, huele un poco a herejÃa; ¡hum! No lo sé…, no lo sé… porque no es posible que te inspire herejÃas el ángel de tu guarda, pero eso me suena asà como a… qué sé yo …». Y ella le contestaba riendo: «SÃ, tÃo, son tonterÃas que se me ocurren, y ya que dice usted que huele a herejÃa no lo volveré a pensar». Pera ¿quién pone barreras al pensamiento?
