La TÃa Tula
La TÃa Tula Y de pronto observó Gertrudis que su cuñado era otro hombre, que celaba algún secreto, que andaba caviloso y desconfiado, que salÃa mucho de casa. Pero aquellas más largas ausencias del hogar no le engañaron. El secreto estaba en él, en el hogar. Y a fuerza de paciente astucia logró sorprender miradas de conocimiento Ãntimo entre Ramiro y la criada de servicio.
Era Manuela una hospiciana de diecinueve años, enfermiza y pálida, de un brillo febril en los ojos, de maneras sumisas y mansas, de muy pocas palabras, triste casi siempre. A ella, a Gertrudis, ante quien sin saber por qué temblaba, llamábale «señora». Ramiro quiso hacer que le llamase «señorita».
—No, llámame asÃ, señora; nada de señorita…
En general parecÃa como que la criada le temiera, como avergonzada o amedrentada en su presencia. Y a los niños los evitaba y apenas si les dirigÃa la palabra. Ellos, por su parte, sentÃan una indiferencia, rayana en despego, hacia la Manuela. Y hasta alguna vez se burlaban de ella, por ciertas maneras de hablar, lo que la ponÃa de grana. «Lo extraño es —pensaba Gertrudis— que a pesar de todo no quiera irse… Tiene algo de gata esta mozuela». Hasta que se percató de lo que podrÃa haber escondido.
