Niebla
Niebla —Madre, sà —añadió VÃctor—, ¡de tus hijos! Si los tienes…
—¡Y la madre mÃa! Acaso ahora, VÃctor, empieces a tener en tu mujer una madre, una madre tuya.
—Lo que voy a empezar ahora es a perder noches…
—O a ganarlas, VÃctor, o a ganarlas.
—En fin, que no sé lo que me pasa, ni lo que nos pasa. Y yo por mà creo que llegarÃa a resignarme; pero mi Elena, mi pobre Elena… ¡Pobrecita!
—¿Ves? Ya empiezas a compadecerla.
—En fin, Augusto, ¡que pienses mucho antes de casarte!
Y se separaron.
Augusto entró en su casa llena la cabeza de cuanto habÃa oÃdo a don Avito y a VÃctor. A penas se acordaba ya ni de Eugenia ni de la hipoteca liberada, ni de la mozuela de la planchadora.