Niebla
Niebla —Pero ¿qué has hecho, chiquilla? —preguntó doña Ermelinda a su sobrina.
—¿Qué he hecho? Lo que usted, si es que tiene vergüenza, habrÃa hecho en mi caso; estoy de ello segura. ¡Querer comprarme!, ¡querer comprarme a mÃ!
—Mira, chiquilla, es siempre mucho mejor que quieran comprarla a una que no es el que quieran venderla, no lo dudes.
—¡Querer comprarme!, ¡querer comprarme a mÃ!
—Pero si no es eso, Eugenia, si no es eso. Lo ha hecho por generosidad, por heroÃsmo…
—No quiero héroes. Es decir, los que procuran serlo. Cuando el heroÃsmo viene por sÃ, naturalmente, ¡bueno!; pero ¿por cálculo? ¡Querer comprarme!, ¡querer comprarme a mÃ, a mÃ! Le digo a usted, tÃa, que me la ha de pagar. Me la ha de pagar ese…
—¿Ese… qué? ¡Vamos, acaba!
—Ese… panoli desaborido. Y para mà como si no existiera. ¡Como que no existe!
—Pero qué tonterÃas estás diciendo…
—¿Es que cree usted tÃa, que ese tÃo…?
—¿Quién, FermÃn?
—No, ese… ese del canario, ¿tiene algo dentro?
—Tendrá por lo menos sus entrañas…
—Pero ¿usted cree que tiene entrañas? ¡Quiá! ¡Si es hueco, como si lo viera, hueco!
