Niebla
Niebla «Vaya —se dijo Augusto—, esta Eugenita, la profesora de piano, me ha cortado un excelente principio de poesÃa lÃrica trascendental. Me queda interrumpida. ¿Interrumpida?… SÃ, el hombre no hace sino buscar en los sucesos, en las vicisitudes de la suerte, alimento para su tristeza o su alegrÃa nativas. Un mismo caso es triste o alegre según nuestra disposición innata. ¿Y Eugenia? Tengo que escribirle. Pero no desde aquÃ, sino desde casa. ¿Iré más bien al Casino? No, a casa, a casa. Estas cosas desde casa, desde el hogar. ¿Hogar? Mi casa no es hogar. Hogar… hogar… ¡Cenicero más bien! ¡Ay, mi Eugenia!». Y se volvió Augusto a su casa.