Niebla
Niebla —Eres imposible, Mauricio —le decÃa Eugenia a su novio, en el cuchitril aquel de la porterÃa—, completamente imposible, y si sigues asÃ, si no sacudes esa pachorra, si no haces algo para buscarte una colocación y que podamos casarnos, soy capaz de cualquier disparate.
—¿De qué disparate? Vamos, di, rica —y le acariciaba el cuello ensortijándose en uno de sus dedos un rizo de la nuca de la muchacha.
—Mira, si quieres, nos casamos asà y yo seguiré trabajando… para los dos.
—Pero ¿y qué dirán de mÃ, mujer, si acepto semejante cosa?
—¿Y a mà qué me importa lo que de ti digan?
—¡Hombre, hombre, eso es grave!
—SÃ, a mà no me importa eso; lo que yo quiero es que esto se acabe cuanto antes…
—¿Tan mal nos va?
—SÃ, nos va mal, muy mal. Y si no te decides soy capaz de…
—¿De qué, vamos?
—De aceptar el sacrificio de don Augusto.
—¿De casarte con él?
—¡No, eso nunca! De recobrar mi finca.
—Pues ¡hazlo, rica, hazlo! Si esa es la solución y no otra…
—Y te atreves…
