Niebla
Niebla —¿Eh? —exclamó despertándose.
—Está ya servido el almuerzo.
¿Fue la voz del criado, o fue el apetito, de que aquella voz no era sino un eco, lo que le despertó? ¡Misterios psicológicos! Asà pensó Augusto, que se fue al comedor diciéndose: ¡oh, la psicologÃa!
Almorzó con fruición su almuerzo de todos los dÃas: un par de huevos fritos, un bisteque con patatas y un trozo de queso Gruyere. Tomó luego su café y se tendió en la mecedora. Encendió un habano, se lo llevó a la boca, y diciéndose: «¡Ay, mi Eugenia!» se dispuso a pensar en ella.