Niebla
Niebla Y Augusto se encontró pronunciando en voz alta el nombre de Eugenia. Al oÃrle llamar, el criado, que acertaba a pasar junto al comedor, entró diciendo:
—¿Llamaba, señorito?
—¡No, a ti no! Pero, calla, ¿no te llamas tú Domingo?
—SÃ, señorito —respondió Domingo sin extrañeza alguna por la pregunta que se le hacÃa.
—¿Y por qué te llamas Domingo?
—Porque asà me llaman.
«Bien, muy bien —se dijo Augusto— nos llamamos como nos llaman. En los tiempos homéricos tenÃan las personas y las cosas dos nombres, el que les daban los hombres y el que les daban los dioses. ¿Cómo me llamará Dios? ¿Y por qué no he de llamarme yo de otro modo que como los demás me llaman? ¿Por qué no he de dar a Eugenia otro nombre distinto del que le dan los demás, del que le da Margarita, la portera? ¿Cómo la llamaré?».
—Puedes irte —le dijo al criado.
Se levantó de la mecedora, fue al gabinete, tomó la pluma y se puso a escribir: