Niebla
Niebla —Y bien, ¿qué? —le preguntaba Augusto a VÃctor— ¿cómo habéis recibido al intruso?
—¡Ah, nunca lo hubiese creÃdo, nunca! TodavÃa la vÃspera de nacer nuestra irritación era grandÃsima. Y mientras estaba pugnando por venir al mundo no sabes bien los insultos que me lanzaba mi Elena. «¡Tú, tú tienes la culpa, tú!», me decÃa. Y otras veces: «¡QuÃtate de delante, quÃtate de mi vista! ¿No te da vergüenza de estar aquÃ? Si me muero, tuya será la culpa». Y otras veces: «¡Esta y no más, esta y no más!». Pero nació y todo ha cambiado. Parece como si hubiésemos despertado de un sueño y como si acabáramos de casarnos. Yo me he quedado ciego, talmente ciego; ese chiquillo me ha cegado. Tan ciego estoy, que todos dicen que mi Elena ha quedado con la preñez y el parto desfiguradÃsima, que está hecha un esqueleto y que ha envejecido lo menos diez años, y a mà me parece más fresca, más lozana, más joven y hasta más metida en carnes que nunca.
—Eso me recuerda, VÃctor, la leyenda del fogueteiro que tengo oÃda en Portugal.
—Venga.
