Niebla
Niebla Apartóse de pronto de ella Augusto, se miró a sà mismo, y luego se palpó, exclamando al cabo:
—Y ahora, Rosario, perdóname.
—¿Perdonarle?, ¿por qué?
Y habÃa en la voz de la pobre Rosario más miedo que otro sentimiento alguno. SentÃa deseos de huir, porque ella se decÃa: «Cuando uno empieza a decir o hacer incongruencias no sé adónde va a parar. Este hombre serÃa capaz de matarme en un arrebato de locura». Y le brotaron unas lágrimas.
—¿Lo ves? —le dijo Augusto—, ¿lo ves? SÃ, perdóname, Rosarito, perdóname; no sabÃa lo que me hacÃa.
Y ella pensó: «Lo que no sabe es lo que no se hace».
—Y ahora, ¡vete, vete!
—¿Me echa usted?
—No, me defiendo. ¡No te echo, no! ¡Dios me libre! Si quieres me ire yo y te quedas aquà tú, para que veas que no te echo.
«Decididamente, no está bueno», pensó ella y sintió lástima de él.
—Vete, vete, y no me olvides, ¿eh? —le cogió de la barbilla, acariciándosela—. No me olvides, no olvides al pobre Augusto.