Niebla
Niebla Augusto se dirigió a casa de Eugenia dispuesto a tentar la última experiencia psicológica, la definitiva, aunque temiendo que ella le rechazase. Y encontróse con ella en la escalera, que bajaba para salir cuando él subÃa para entrar.
—¿Usted por aquÃ, don Augusto?
—SÃ, yo; mas puesto que tiene usted que salir, lo dejaré para otro dÃa; me vuelvo.
—No, está arriba mi tÃo.
—No es con su tÃo, es con usted, Eugenia, con quien tenÃa que hablar. Dejémoslo para otro dÃa.
—No, no, volvamos. Las cosas en caliente.
—Es que si está su tÃo.
—¡Bah!, ¡es anarquista! No le llamaremos.
Y obligó a Augusto a que subiese con ella. El pobre hombre, que habÃa ido con aires de experimentador, sentÃase ahora rana.
Cuando estuvieron solos en la sala, Eugenia, sin quitarse el sombrero, con el traje de calle con que habÃa entrado, le dijo:
—Bien, sepamos qué es lo que tenÃa que decirme.
—Pues… pues… —y el pobre Augusto balbuceaba— pues… pues…
—Bien; pues ¿qué?
