Niebla
Niebla —Un joven.
—¿De qué señas?
—Pero ¿necesita usted que se lo diga?
—¿De veras, ha estado aquà alguien conmigo?
—¡Señorito!
—No… no… júrame que ha estado aquà conmigo un joven y de las señas que me digas… alto, rubio, ¿no es eso?, de bigote, más bien grueso que flaco, de nariz aguileña… ¿ha estado?
—Pero ¿está usted bueno, don Augusto?
—¿No ha sido un sueño…?
—Como no lo hayamos soñado los dos…
—No, no pueden soñar dos al mismo tiempo la misma cosa. Y precisamente se conoce que algo no es sueño en que no es de uno solo…
—Pues ¡sÃ, estése tranquilo, sÃ! Estuvo ese joven que dice.
—Y ¿qué dijo al salir?
—Al salir no habló conmigo… ni le vi…
—Y tú ¿sabes quién es, Liduvina?
—SÃ, sé quién es. El que fue novio de…
—SÃ, basta. Y ahora, ¿de quién lo es?
—Eso ya serÃa saber demasiado.
—Como las mujeres sabéis tantas cosas que no os enseñan…
—SÃ, y en cambio no logramos aprender las que quieren enseñarnos.