Niebla
Niebla —Aquà hay una carta para el señorito; acaban de traerla. Me parece que es de la señorita Eugenia…
—¿Carta?, ¿de ella?, ¿de ella carta? ¡Déjala ahà y vete!
Salió Liduvina. Augusto empezó a temblar. Un extraño desasosiego le agitaba el corazón. Se acordó de Rosario, luego de Mauricio. Pero no quiso tocar la carta. Miró con terror al sobre. Se levantó, se lavó, se vistió, pidió el desayuno, devorándolo luego. «No, no quiero leerla aquû, se dijo. Salió de su casa, fuese a la iglesia más próxima, y allÃ, entre unos cuantos devotos que oÃan misa, abrió la carta. «Aquà tendré que contenerme —se dijo—, porque yo no sé qué cosas me dice el corazón». Y decÃa la carta: